carbón y otras cosas peores, asquerosas de ver y mucho más de comer; por lo cual será menester usar de algún artificio para curarme, el cual se podrá hacer fácilmente con que tú comiences, aunque sea tibia y fingidamente, a dar música a Camila, la cual no ha de ser tan blanda que a los primeros asaltos se rinda su honestidad: con este solo principio quedaré yo satisfecho, y tú habrás hecho lo que a nuestra amistad obliga, así en darme la vida como en persuadirme a que no pierda mi honra. Y a esto estás obligado por sola una razón: que, estando yo determinado a pasar esta prueba, no es justo que tú permitas que yo descubra mi flaqueza a otra persona, con peligro de perder la honra que tú procuras que yo guarde; y si la tuya no queda en la estimación de Camila cual debe mientras le das música, importa poco o nada, porque presto, hallando en ella la constancia que esperamos, le podrás decir la pura verdad de nuestro artificio, con que tornarás a cobrar tu estimada gracia; y pues tú aventuras tan poco, y con la aventura me has de dar tan gran contento, no la dejes de acometer, aunque se te pongan más dificultades delante, que, como ya he dicho, con que solo des principio, daré por acabada la
Lotario, al ver la decidida determinación de Anselmo, y no sabiendo qué otros ejemplos aducir ni qué argumentos esgrimir para disuadirlo de ello, y advirtiendo que amenazaba con confiar su pernicioso plan a otra persona, para evitar un mal mayor resolvió complacerlo y hacer lo que le pedía, con la intención de manejar el asunto de modo que satisficiera a Anselmo sin corromper el ánimo de Camila; así que en su respuesta le dijo que no comunicara su propósito a ningún otro, pues él mismo tomaría la empresa a su cargo y la comenzaría tan pronto como gustara. Anselmo lo abrazó cálida y afectuosamente, y le agradeció el ofrecimiento como si le hubiera concedido un gran favor; y acordaron