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nydus/Don QuixotePublic
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XIX. Del discretísimo discurso que Sancho pasó con su amo, y de la aventura que le sucedió con un cuerpo muerto, t

no podía saltar las paredes del corral; mas ahora estamos en campo raso, donde podré menear mi espada a mi

—Y si le vuelven a encantar y a tullir como la otra vez —dijo Sancho—, ¿qué importará que estemos en despoblado o no?

—Con todo eso —respondió don Quijote—, te ruego, Sancho, que cobres buen ánimo, que la experiencia te dará a entender el mío.

—Sí, plega a Dios que así sea —respondió Sancho; y apartándose los dos a un lado del camino, se pusieron a mirar con atención qué podía ser aquello de andar luces; y de allí a poco descubrieron hasta veinte encamisados, todos a caballo, con hachas encendidas en las manos, cuyo espablecido aspecto acabó de apagar el valor de Sancho, que comenzó a dar diente con diente, como quien tiene el frió de las cuartas; y se le acobardó el corazón y le reteblaron los dientes más cuando vio claramente que detrás de ellos venía unas parihuelas cubiertas de luto, y tras ellas otros seis jinetes lutosos hasta los pies de las mulas, que bien vieron que no eran caballos por la blandura del paso en que iban.

Y los encamisados venían murmurando entre sí con una voz baja y floja. Esta extraña visión a tal hora y en tal lugar desierto bastaba para poner miedo en el corazón de Sancho, y aun en el de su amo; y así fuera, si no en el de don Quijote, que ya se le había cortado el hilo del ánimo. Sucedió al revés a su amo, a quien luego le representó su imaginación ser esta una de las aventuras de sus libros.

Se le metió en la cabeza que la litera era un féretro donde iba algún caballero malherido o muerto, cuya venganza a él solo estaba reservada; y sin más dilación puso la lanza en el ristre, se afirmó bien en los estribos y con gallardo espíritu yanteojo tomó posesión en la mitad del camino por donde los encamisados habían de pasar obligadamente; y así como los vio cerca, alzó la voz y dijo:

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