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สารบัญ

XXXIII. La curiosidad mal aconsejada

después que agora es? O tú no la tienes por lo que dices, o no sabes lo que pides. Si no la tienes por tal, ¿para qué la quieres tentar, antes la quieres tratar como a mala, como a ti mejor te pareciere? Mas si es tan virtuosa como piensas, es disparate sin segunda tentar a la misma verdad, porque, después de tentada, no ha de quedar con más estima de la que tiene. Así que es conclusión que acometer cosas de donde antes nos ha de venir daño que provecho es de juicios sin discursos y temerarios, mayormente cuando no nos fuerzan ni compelen a acometerlas, y de muy lejos se ve ser disparate manifiesto el acometerlas.

“Las dificultades se acometen o por Dios, o por el mundo, o por entrambos; las que por Dios se acometen son las que acometen los santos, cuando procuran vivir vida de ángeles en cuerpos humanos; las que por el mundo, son las de aquellos hombres que atraviesan tanta diversidad de aguas, tantos climas, tantas extrañas tierras, por adquirir lo que llaman bienes de fortuna; y las que por Dios y por el mundo juntamente son las de los valientes soldados, que apenas ven en la muralla contraria una brecha del tamaño que una bala de cañón la puede hacer, cuando, despojándose de todo temor, sin mirar ni advertir el manifiesto peligro que los amenaza, llevados en pos del deseo de defender su fe, su patria y su rey, se arrojan intrépidamente por medio de mil muertes contrarias que los esperan. Tales cosas son las que los hombres suelen acometer, y hay honra, gloria y provecho en acometellas, por llenas que estén de dificultad y de perfiles; mas aquello que tú dices que quieres acometer y llevar a cabo, ni te granjeará gloria de Dios, ni bienes de fortuna, ni fama con los hombres; que puesto que salgas con la intención que deseas, no serás más dichoso, ni más rico, ni más honrado de lo que eres agora; y si sales mal, quedarás reducido a mayor miseria de la que se puede pensar, porque entonces no te aprovechará pensar que nadie sabe la desgracia que te ha sucedido; bastará para turbarte y quebrantarte el saberla tú mismo. Y en confirmación de la verdad de lo que digo, óyeme una estancia que hizo el famoso poeta Luigi Tansillo al fin de la primera parte de sus Lágrimas de San Pedro, que dice ansí:

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