de hacerle saber cómo está; y que, hallándose en una gran necesidad, también suplica a vuestra merced cuanto encarecidamente puede sea servido de prestarle media docena de reales, o los que tenga, sobre esta guarda de picote que aquí tengo, y ella promete de volvérselos con toda brevedad.» A mí me sobresaltó y suspendió tal recado, y, volviéndome al señor Montesinos, le pregunté: «¿Es posible, señor Montesinos, que las principales personas encantadas padecen necesidad?». A lo que él respondió: «Créame vuestra merced, señor Don Quixote, que eso que llaman necesidad se ataja por todo, y se extiende a todo, y a todo llega, y no perdona a nada, ni aun a los encantados; y pues la señora Dulcinea del Toboso envía a pedir esos seis reales, y la prenda es al parecer buena, no hay sino dárselos, que sin duda debe de estar en algún gran aprieto». «Yo no le tomaré prenda —le respondí—, ni menos le puedo dar lo que pide, porque no tengo sino cuatro reales;» los cuales le di (que fueron los mismos que tú, Sancho, me diste el otro día para darlos de limosna a los pobres que topase por los caminos), y le dije: «Dile a tu señora, amiga, que a mí me pesa en el alma de sus trabajos, y quisiera ser un Fúcar para remediarlos, y que le hago saber que no puedo ni debo estar sano careciendo de su vista y de la discreta conversación suya; y que le ruego cuanto encarecidamente puedo que sea servida de dejarse ver y tratar de este su cautivo servidor y desdichado caballero; y dile también que cuando menos se piense oiga decir que yo he hecho un voto y juramento a lo del Marqués de Mantua, cuando halló a su sobrino Baldovinos medio muerto en la montaña, que fue el de no comer pan en manteles y otras niñerías que añadió, hasta vengarle; y yo haréotros tales de no tostarme, ni rodar las siete partes del mundo con más puntualidad que las rodó el infante don Pedro de Portugal, hasta
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