Del acuerdo que tomó don Quijote de hacerse pastor y retirarse al campo en tanto que se cumplía el año de su palabra, con otros acontecimientos gustosos y de buena guisa.
Si una multitud de pensamientos solía fatigar a Don Quijote antes de ser derribado, muchísimos más le fatigaron después de su caída.
Estaba debajo de un árbol, como se ha dicho, y allí, a modo de moscas sobre la miel, le acosaban y picaban los pensamientos. Unos trataban del desencanto de Dulcinea; otros, de la vida que había de hacer en su forzosa retirada.
Llegó Sancho y dio grandes alabanzas a la generosidad del lacayo Tosilos.
—¿Es posible, Sancho —dijo don Quijote—, que todavía te dura la opinión de pensar que aquel que allí está sea lacayo real? Bien parece que se te ha olvidado el haber visto a Dulcinea convertida y transformada en labradora, y al Caballero de los Espejos en el bachidor Carrasco, obra toda de los encantadores que me persiguen. Mas dime ahora: ¿preguntaste a ese Tosilos, como tú le llamas, qué se ha hecho de Altisidora, o si ha llorado mi ausencia, o si ya tiene en olvido los pensamientos de amor que la fatigasen el tiempo que yo presente estuve?
—Los pensamientos que yo tenía —dijo Sancho— no eran de los que dan lugar a responder a necedades. ¡Cuerpo de mí, señor!, ¿está vuestra merced en disposición ahora de averiguar pensamientos ajenos, y más si son de amores?
—Mira, Sancho —dijo don Quijote—, gran diferencia hay de lo que se hace por amor a lo que se hace por agradecimiento; y bien podría ser que un caballero fuese desamorado, pero imposible es, hablando en rigor, que sea ingrato.