—Señor —respondió Sancho—, retirarse no es huir, y no es cordura esperar cuando el peligro sobrepuja a la esperanza, y de sabios es guardarse hoy para mañana, y no jugarlo todo en un día; y hágase cuenta que, aunque yo soy un tonto y un villano, algo entiendo de eso que llaman discreción; y así, no se arrepienta de haberme tomado el consejo, sino suba en Rocinante si puede, y si no, yo le ayudaré; y sígame, que el buen sentido me dice que ahora habemos menester más los pies que las manos.
Don Quijote montó sin responder, y, guiando Sancho por delante en su jumento, entraron por una parte de Sierra Morena, que allí junto estaba, con intención de atravesarla toda y salir por El Viso o por Almodóvar del Campo, y esconderse algunos días por sus asperezas de la busca de la Santa Hermandad, si los busquesen.
Movióle a esto ver que la provisión de ataurique que el asno traía había salido salva de la refriega de las galeras, cosa que tuvo por milagro, considerando cuán de veras anduvieron los galeotes en el despojar y rebuscar.
Aquella noche llegaron al mismo corazón de Sierra Morena, donde a Sancho le pareció prudente pasar la noche y aun algunos días, a lo menos tantos cuantos durasen las Fiambreras que llevaba, y así se acamparon entre dos peñas y entre unos alcornoques; pero el fatal destino, que, según la opinión de los que no tienen la luz de la verdadera fe, todo lo guía, dispone y encamina a su modo, ordenó que Ginés de Pasamonte, el famoso embelecador y ladrón que por virtud y locura de don Quijote había sido librado de la cadena, movido del miedo de la Santa Hermandad, de quien con mucha razón temía, determinó esconderse en aquellos montes; y su suerte y su temor le guiaron al mismo lugar a donde los de don Quijote y Sancho Panza les habían guiado, a tiempo que pudo reconocerlos y dejarles dormir: y como los malos son siempre ingratos y la necesidad es ocasión de obras malas, y el provecho presente