El alba llegó, más despacio, según creo, de lo que hubiéramos deseado; completamos la subida para ver si desde la cumbre se descubría alguna morada o choza de pastores, pero por más que esforzamos la vista, ni morada, ni ser humano, ni senda ni camino pudimos divisar. Sin embargo, determinamos pasar adelante, pues no era posible sino que de allí a poco viésemos a alguien que nos dijese dónde estábamos. Mas lo que más me acongojaba era ver a Zoraida ir a pie por aquel áspero suelo; que aunque una vez la llevé sobre mis hombros, más se cansaba ella de mi cansancio que descansaba del descanso, y así, nunca más quiso consentir que yo tomase aquel trabajo, y iba con grandísima paciencia y alegría, tomándola yo de la mano. Habríamos caminado poco menos de un cuarto de legua cuando llegó a nuestros oídos el sonido de una esquila, señal cierta de que por allí cerca había manadas, y mirando a todas partes con atención para ver si alguno aparecía, vimos a un mancebo pastor que pacífica y descuidadamente estaba cortando un palo con su cuchillo al pie de un alcornoque. Llamámosle, y él, alçando la cabeza, con ligereza se puso en pie, porque, según después supimos, los primeros que se le ofrecieron a la vista fueron el renegado y Zoraida, y, viéndoles en hábito moro, se imaginó que todos los moros de Berbería habían caído sobre él; y, metiéndose con maravillosa ligereza por lo espesa de la selva que delante tenía, comenzó a dar grandes voces, diciendo: «¡Los moros, los moros han desembarcado! ¡A las armas, a las armas!» Con estas voces quedamos todos confusos, sin saber qué nos hacer; mas considerando que los gritos del pastor habían de alterar la tierra y que la guarda de la costa acudiría luego a ver lo que era, pareció convenible que el renegado se quitase las ropas turquescas y se pusiese una chupeta o herreruelo de cautivo que uno de los nuestros le dio luego, quedándose él en camisa; y así, encomendándonos a Dios, seguimos el mesmo camino que vimos que el pastor llevaba, pensando cada hora que la guarda había de dar con nosotros.
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XLI. En el que el cautivo prosigue sus aventuras
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