Pero dime, Sancho: ¿cuándo empezarás la disciplina? Pues si le das brevedad, te daré cien reales de sobresaliente.
—¿Cuándo? —dijo Sancho—. Esta noche sin falta. Mande vuestra merced que la pasemos fuera de puertas y al raso, y yo me descuertizaré.
La noche, deseada por don Quijote con la mayor ansiedad del mundo, llegó al fin, aunque le parecía que las ruedas del carro de Apolo se habían roto y que el día se alargaba más de lo ordinario, como suele acontecer con los amantes, que nunca hacen coincidir el cálculo de sus deseos con el tiempo. Llegaron por fin a unos agradables árboles que estaban un poco apartados del camino y, quitándole la silla a Rocinante y la albarda a jumento, se tendieron sobre la verde hierba y cenaron de las alforjas de Sancho, el cual, haciendo un fuerte y flexible látigo del cabestro y ronzal de rucio, se retiró unos veinte pasos de su amo entre unas hayas. Don Quijote, viéndole marchar con tanta resolución y ánimo, le dijo: —Repara, amigo, en no hacerte pedazos; deja que los azotes aguarden a los otros, y no quieras dar tanta priesa que te falte el aliento en la mitad del camino; quiero decir que no des con tanta fuerza que la vida te falte antes de llegar al número deseado; y para que no pierdas por carta de más ni de menos, yo me apartaré aquí y contaré en mi rosario los azotes que te dieres. El cielo te aplane tal como tu buena intención merece.
—«A los buenos pagadores no duelen prendas», dijo Sancho; «yo pienso darme de modo que, sin matarme, me duela, que en esto debe de consistir la sustancia deste milagro».
Luego se desnudó de la cintura para arriba, y cogiendo la soga comenzó a dar azotes, y don Quixote a contar las rayas. Habríasele dado seis o ocho, cuando comenzó a echar de ver que la burla no era de bulto, y que la tasa era muy baja; y deteniendo la mano un momento, dijo a su amo que se desmandaba a la vista de un trato a ciegas, pues cada uno de aquellos azotes valía a medio real en vez de a cuartillo.