producir otra cosa. El trato de Argel no fue necedad, ni la hubo en Numancia, ni se halla ninguna en La gran sultana, ni tampoco en La comedia de la labia, ni en algunas otras que han sido escritas por ciertos poetas ingeniosos, para su propia fama y renombre, y para provecho de los que las representaron;» algunas otras observaciones añadí a estas, con las cuales pienso que le dejé bastante atónito, pero no tan satisfecho ni convencido como para poder disuadirle de su error.
—Toca usted un asunto, señor canónigo —observó a esta sazón el cura—, que me ha despertado una vieja enemistad que tengo con las comedias que ahora se usan, tan grande como la que tengo con los libros de caballerías; porque, así como el de los dos debía de ser, según Tulio, espejo de la vida humana, ejemplo de las costumbres e imagen de la verdad, las que ahora se representan son espejos de necedades, ejemplos de tonterías e imágenes de las lascivias. Porque ¿qué mayor necedad puede ser en el asunto que tratamos que aparecer un niño en mantillas en la primera escena del primer acto, y en la segunda salir ya hecho un hombre barbado? ¿O qué mayor disparidad que ponernos un viejo mochacho, un mozo valiente, un lacayo hablador, un paje consejero, un rey porteador y una princesa fregona? ¿Y qué diremos del cuidado que tienen en los tiempos en que pueden o deben suceder las acciones que representan, sino que he visto comedia que el primer acto empezó en Europa, el segundo en Asia, el tercero se acabó en África, y que, si fuera de cuatro actos, el cuarto acabara en América, y así, fuera tocada de los cuatro cuartos del mundo? Y si la imitación es lo principal que ha de tener la comedia, ¿cómo es posible que satisfaga a cualquier mediano entendimiento que, fingiéndose la acción debajo del tiempo del rey Pepin o Carlomagno, el principal personaje della sea el emperador Heraclio, que entró con la cruz en Jerusalén y ganó el Santo Sepulcro, como Godofredo de Bouillón,