Donde se cuenta y da a ver el punto más alto y extremo a que llegó o pudo llegar el jamás visto valor de Don Quijote, con la feliz acabanza de la aventura de los leones.
Cuando el autor de esta gran historia llega a escribir este capítulo, dice que quisiera pasarlo en silencio, temiendo que no se le haya de creer, porque aquí raya la locura de Don Quijote en los confines de la mayor que se puede imaginar, y aun se pasa della dos tiros de ballesta.
Pero con todo esto, con este temor y aprensión, la escribió sin añadir ni quitar a la historia una sola partícula de la verdad, ni importándole nada que le acusasen de mentiroso; y tuvo razón, porque la verdad adelgaza y no quiebra, y siempre flota sobre la mentira, como el aceite sobre el agua; y así, prosiguiendo su historia, dice que, luego que Don Quijote llamó a Sancho que le trajese el celada, estaba Sancho comprando unos requesones que los pastores le vendían, y, con la gran priesa que su amo se daba, no hallando en qué traerlos ni en qué ponérselos, por no perderlos, que ya los había pagado, se le antojó de echárselos en la celada del amo, y, con esta buena entrada, fue a ver qué le quería.
El cual, en llegándose, le dijo:
—Dame esa bacía, amigo, que o yo sé poco de aventuras, o lo que allí se ve es alguna que me llama y convida a ponérmela.
El del gabán verde, al oír esto, miró a todas partes, mas no pudo divisar nada, sino un carro que hacia ellos venía con dos o tres banderillas, lo cual le dio a entender que debía de ser carga del rey, y así se lo dijo a Don Quixote. Mas él no se lo quiso creer, persuadido y llevado siempre de que todas las cosas que le sucedían habían de ser aventuras y más aventuras; y