besaba las manos, y que tenía mayor deseo de verle que de escribirle; y que, por tanto, le suplicaba y mandaba que, a la vista desta presente, saliese destos matorrales y se dejase de hacer necedades, y se pusiese luego en camino del Toboso, a lo menos si otra cosa de más importancia no sucediese, porque tenía grandísimo deseo de ver a vuestra merced. Rio se mucho cuando le dije cómo vuestra merced se llamaba el Caballero de la Triste Figura; preguntéle si el vizcaíno del otro día había estado allí; díjome que sí, y que era un hombre muy honrado; preguntóle también por los galeotes, mas díjome que no había visto ninguno hasta entonces.
—Hasta aquí todo va bien —dijo don Quijote—; pero dime, ¿qué joya fue la que te dio al despedirse, en pago de las nuevas que le llevaste de mí? Porque es uso y costumbre muy antigua de los caballeros y dueñas andantes dar a los escuderos, o dueñas, o enanos que les traen nuevas de sus señoras los caballeros, o de sus caballeros las dueñas, alguna rica joya en albricias, en señal y reconocimiento del mensaje.