pero en ese mismo instante el barbero abrió uno, llamado Las lágrimas de Angélica.
—Lágrimas hubiera vertido yo también —dijo el cura al oír el título—, si hubiera mandado quemar aquel libro; porque su autor fue uno de los famosos poetas del mundo, no solo de España, y fue dichosísimo en la traducción de algunas fábulas de Ovidio.