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nydus/Don QuixotePublic
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XXXIV

Pocos días después, Anselmo regresó a su casa y no percibió lo que ella había perdido, aquello que tan a la ligera trataba y tan alto valoraba. Fue en busca de Lotario sin demora y lo halló en su hogar; se abrazaron, y Anselmo le pidió noticias de su vida o de su muerte.

—Las nuevas que tengo que darte, amigo Anselmo —dijo Lotario—, son las de que tienes mujer que debe ser ejemplo y corona de todas las buenas.

Las palabras que le he dicho se las llevó el viento, mis promesas han sido desestimadas, mis dádivas rechazadas, y aquellas lágrimas fingidas que derramé se han vuelto de público ridículo.

En resolución, así como Camila es la esencia de toda hermosura, así es ella el ajuar donde habita la honestidad, y la mansedumbre y la modestia moran con todas aquellas virtudes que pueden hacer loable, honrada y dichosa a una mujer.

Toma tu dinero, amigo; aquí lo tienes, que yo no he tenido necesidad de tocarle, porque la castidad de Camila no se vence con cosas tan bajas como dádivas ni promesas.

Contentate, Anselmo, y no quieras pasar adelante a hacer otras experiencias; y pues has pasado en seco el mar de los recelos y sospechas que de las mujeres se tienen y pueden tener, no quieras entrar de nuevo en el profundo golfo de otras nuevas fatigas, ni tientes con otro piloto la bondad y fortaleza del leño que el cielo te dio para pasar el mar de este mundo; antes, ten por cierto que ya estás en puerto seguro, y amárrate con el áncora de la buena consideración, y descansa en paz hasta que te pidan la debida raya que no hay hidalguía en la tierra que deje de pagarla.

Anselmo quedó completamente satisfecho con las palabras de Lotario, y las creyó tan firmemente como si hubieran sido pronunciadas por un oráculo; sin embargo, le rogó que no abandonara la empresa, aunque

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