se quedaban a mirar (que siempre se juntaban muchos): «¿Parécete a vuesa merced, se-ñor, que es fácil cosa de hinchar un perro?»—¿Parécete a vuesa merced, señor, que es fácil cosa de escribir un libro?
Y si este cuento no le cuadra, podéis vos, querido lector, contarle este otro, que asimismo es de un loco y de un perro.
En Córdoba hubo otro loco, al cual solía darle por llevar sobre la cabeza una losa de mármol, o una piedra no muy liviana, y en llegando a cualquier perro descuidado, se llegaba a él y se la dejaba caer justo encima; con lo cual el perro, rabioso, ladrando y aullando, corría tres calles sin parar. Sucedió, pues, que entre otros le tocó la carga a un perro de un bonetero, a quien su amo quería mucho. Cayó la piedra y diole en la cabeza, alzó el grito el perro a la percusión, vido el caso su amo, y, tomado un varas de medir, salió al loco y no le dejó hueso sano en el cuerpo, y a cada palos que le daba le decía: «¡Perro ladrón, a mi lebrel! ¿No vistes, cruel, que era lebrel mi perro?», y con este nombre de «lebrel», repetido muchas veces, despidió al loco hecho una alheña. Escarmentó el loco y retiróse, y en más de un mes no pareció por la plaza; pero, tornado a ella con más pesada carga y más piedra, llegábase a un perro, y, mirándole muy bien sin atreverse a soltarla, decía: «Este es lebrel; ¡cuidado!». Finalmente, a todos cuantos topaba, fuesen mastines o galgos, decía que eran lebreles; y así, no soltó más piedra. Desta misma manera le podrá suceder a este historiador: que no se atreva otra vez a echar el peso de su magín en libros que, malos, deben de ser más duros que piedras. Dile más: que, pues la amenaza que me hace de quitarme la inmensidad de la ganancia con su libro me pone en cuidado, le pienso responder que, hurtando la famosa entremesil del Perendenga, le respondo: «¡Vivan los buenos de mi señor el Veinticuatro, y amén con todos!». ¡Viva