Pero más que los poemas, o las églogas, o las novelas, era su ambición dramática lo que absorbía sus pensamientos.
El mismo espíritu indomable que le impidió caer en la desesperación en los baños de Argel, y le impulsó a intentar la fuga suya y de sus camaradas una y otra vez, le hizo perseverar, a pesar del fracaso y el desaliento, en sus esfuerzos por ganarse el favor del público como dramaturgo.
El temperamento de Cervantes era esencialmente sanguíneo. El retrato que dibuja en el prólogo de las novelas, con los rasgos aguileños, el cabello castaño, la frente lisa y despejada, y los ojos brillantes y alegres, es el retrato fiel de un hombre optimista. Nada de lo que los empresarios pudieran decir lograba convencerle de que los méritos de sus obras no terminarían por ser reconocidos si tan solo se les daba una oportunidad justa.
El viejo soldado de la Salamina española estaba empeñado en ser el Esquilo de España. Iba a fundar un gran drama nacional, basado en los verdaderos principios del arte, que fuera la envidia de todas las naciones; iba a desterrar de los escenarios las obras necias e infantiles, los «espejos de necedad y modelos de simpleza» que estaban en boga por la codicia de los empresarios y la cortedad de miras de los autores; iba a corregir y educar el gusto del público hasta que estuviera maduro para tragedias según el modelo del drama griego —como la Numancia, por ejemplo— y comedias que no solo entusiasmaren, sino que mejoraran e instruyeran.
Todo esto iba a hacerlo, con tal de que lograse ser escuchado una sola vez: ahí estribaba la dificultad inicial.