va a buscar alguna cosa menesterosa para el camino, y en un santiamén te dieres, aunque no sea sino quinientas, a cuenta de las tres mil y trescientas a que estás obligado; que todo es salir de la duda, que el comenzar las cosas es tenerlas medio acabadas.
—¡Válgame Dios —dijo Sancho—, y que está vuestra merced fuera de todo término! Bien se cumple aquello del refrán: «Dícenme las mujericas que parí, y créome yo».
¡Pues agora que estoy por sentarme sobre una tabla mal compuesta, quiere vuestra merced que me escote las nalgas! Por cierto que no tiene razón vuestra merced. Vmédense a afeitar estas dueñas; y a la vuelta, yo le prometo de palabra de hacer tanta priesa a pagarme de lo debido, que vuestra merced se contente; y no le digo más.
—Bien, con esa promesa me consuelo, mi buen Sancho —respondió don Quijote—, y creo que la has de cumplir; porque en verdad que, aunque