En el cual se acaba la historia de la pastora Marcela, con otros sucesos.
Pero apenas comenzaba el día a dejarse ver por los balcones del oriente, cuando cinco de los seis cabreros acudieron a despertar a don Quijote y a decirle que, si todavía tenía ánimo de ir a ver el famoso entierro de Crisóstomo, ellos le harían compañía.
Don Quijote, que otra cosa no deseaba, se levantó y mandó a Sancho que ensillase y albardase luego, lo cual él hizo con mucha presteza, y con la misma se pusieron todos en camino.
No hubieron andado un cuarto de legua cuando, en la encrucijada de dos caminos, vieron que venían hacia ellos hasta seis pastores, vestidos con sayos de negro zamarro y coronadas las cabezas con guirnaldas de ciprés y adelfa amarga. Traía cada uno un grueso bastón de acebo en la mano, y juntamente con ellos venían dos hombres de abacería a caballo, en vistosos hábitos de camino, con tres criados a pie que los acompañaban.
Llegados a uno, se saludaron cortésmente, y preguntándose los unos a los otros dónde iban, supieron que todos iban a donde era el entierro, y así, se fueron todos juntos.
Uno de los a caballo, dirigiéndose a su compañero, le dijo: —Me parece, señor Vivaldo, que podemos dar por bien empleado el rodeo que haremos para ver este tan señalado entierro, que no puede dejar de serlo, a juzgar por las extrañas cosas que estos pastores nos han contado, así del difunto pastor como de la homicida pastora.
—Así lo creo yo también —replicó Vivaldo—, y demoraría no un día, sino cuatro, con tal de verlo.