Tomó la vasija Sancho, y al tiempo que la iba haciendo con la boca, le detuvieron los gritos de su amo, que a grandes voces le decía: —Hijo Sancho, no bebas agua; no la bebas, hijo, que te matará; mira que tengo aquí el bálsamo bendito (y alzaba el frasco de los ungüentos), que con beber dos gotas dél, sin duda alguna quedarás sano y malo.
A estas palabras torció los ojos Sancho y, con voz más alta que la pasada, dijo:
«¿Por ventura se ha olvidado vuestra merced de que no soy caballero, o quiere que acabe de arrojar las entrañas que me quedaron anoche? ¡Guárdese vuestra merced su trago en nombre de todos los diablos, y déjeme en paz!».
Y en un mesmo instante acabó de hablar y comenzó a beber; mas como al primer trago experimentó que era agua, no quiso pasar adelante, y pidió a Maritornes que le trujeese vino, lo cual ella hizo de muy buena gana, y lo pagó de su propio dinero; porque, en verdad, de ella se dice que, aunque trataba aquel ejercicio, tenía algunos visos y asomos de cristiana.
En acabando de beber Sancho, picó a su asno, y, abierta la puerta de la venta, salió dél muy contento de no haber pagado nada y de habérsele salido con la suya, aunque había sido a costa de sus acostumbrados fiadores, que eran sus espaldas.
Bien es verdad que el ventero se quedó con sus alforjas en abono de lo que le debía; pero iba Sancho tan atolondrado con su salida, que jamás las echó menos. El ventero, en viéndole fuera, quiso cerrar la puerta de avante en avante; mas no lo consintieron los manteadores, porque eran gente que, si por ventura fuera don Quijote real caballero de la Mesa Redonda, no le dieran dos maravedís.