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nydus/Don QuixotePublic
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VII. De la segunda salida de nuestro buen caballero don Quijote de la Mancha

—No fue el diablo —dijo la sobrina—, sino un encantador que vino sobre una nube una noche después del día que vuestra merced de aquí se fue, y, apeándose de una serpiente en que venía cabalgando, entró en el aposento, y no sé lo que hizo dentro, que, al cabo de un rato, se salió volando por el tejado, y dejó la casa llena de humo; y, cuando fuimos a ver lo que había hecho, no vimos libro ni aposento: solo nos acordamos muy bien, la ama y yo, que cuando el mal viejo se iba, dijo en altas voces que por enemistad secreta que tenía al dueño de los libros y del aposento había hecho mal en aquella casa, que después se vería; díjome que se llamaba el sabio Muñatón.

—Debió de decir Frestón —dijo don Quijote.

—No sé si se llamaba Fristón o Fritón —dijo el ama—; solo sé que el nombre terminaba en «tón».

—Así es —dijo don Quijote—, y este es un sabio encantador, gran enemigo mío, que me tiene ojeriza porque sabe por sus artes y letras que he de venir a las manos en un singular combate con un caballero a quien él protege, y que le he de vencer sin que él lo pueda estorbar; y por esto procura hacer todos los contratiempos que puede; mas yo le prometo que mal le ha de valer oponerse a lo que está por el cielo ordenado.

—¿Quién duda de eso? —dijo la sobrina—; mas, tío, ¿quién le mete a usted en esos pleitos? ¿No sería mejor estaros en vuestra casa pacíficamente, y no andar por el mundo buscando pan de trastrigo, sin considerar que muchos van por lana y vuelven trasquilados?

—Oh, sobrina mía —respondió don Quijote—, ¡cuán fuera estás de la cuenta: antes que a mí me trasquilen habré arrancado y pelado las barbas a todos los que osaren tocar solamente la punta de un cabello de las mías!

Los dos no quisieron dar más respuestas, pues vieron que la ira de aquel se encendía.

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