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nydus/Don QuixotePublic
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XXIV

mujeres del mundo estaban repartidos. Verdad es, y confieso agora, que, puesto que yo sabía qué justa causa tenía don Fernando para alabar a Luscinda, me daban pesadumbre oír aquellas alabanzas de su boca, y comencé a temer, y con razón a desconfiar dél, porque no pasaba momento en que no quería que hablásemos de Luscinda, y él tomaba la mano y la traía a conversación, aunque la traía por los cabellos, circunstancia que en mí comenzó a engendrar un no sé qué de celos; no porque temí mudanza en la firmeza y fe de Luscinda; pero, con todo esto, mi hado me presagiaba lo que ella me aseguraba. Don Fernando procuraba leer siempre los recados que yo enviaba a Luscinda y las respuestas que ella me daba, so color que se holgaba del ingenio y discreción de entrambos. Sucedió, pues, que, habiéndome pedido Luscinda un libro de caballerías para leer, de los que ella mucho gustaba, que era el de Amadís de Gaula—

Apenas oyó mentar Don Quijote un libro de caballerías, cuando dijo:

—Si vuestra merced me hubiera dicho al principio de su cuento que la señora Luscinda era aficionada a los libros de caballerías, no fuera menester otra alabanza para dar a entender que tenía un superior entendimiento, porque no pudiera ser de la excelencia que vuestra merced ha pintado si le faltara el gusto de tan sabrosa lectura; así que, por lo que a mí toca, no hay para qué gastar más palabras en descifrar su hermosura, valor y discreción; que, con solo oír su gusto, la confirmo por la más hermosa y por la más discreta mujer del mundo; y quisiera que vuestra merced, juntamente con Amadís de Gaula, le hubiera enviado al valiente don Roldán de Grecia, que sé yo que le hubiera saboreado mucho a la señora Luscinda a Daraida y Garaya, y las agudezas del pastor Darinel, y aquellas admirables églogas de su autor, cantadas y representadas por él con tanta gracia, industria y desenvoltura; pero tiempo vendrá en que esta falta se remedie, y para enmendarla no es menester más de que vuestra merced sea servido de venir conmigo a mi aldea, que allí le podré dar más de trecientos libros, que son el regalo de

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