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nydus/Don QuixotePublic
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IX

Mal os fue, hombres de Francia, en la caza de Roncesvalles⁠—

—¡Así muera yo, Sancho —dijo a este punto don Quijote, oyéndole—, si no nos ha de suceder esta noche algún mal! ¿No oyes lo que va cantando aquel villano?

—Ya lo sé —dijo Sancho—, pero ¿qué tiene que ver la caza de Roncesvalles con lo que tenemos entre manos? Bien podría cantar el romance de Calaínos, para el caso de que nos venga bien o mal en nuestro negocio.

Para este tiempo ya había llegado el labrador, y Don Quijote le preguntó: —¿Sabríades decirme, discreto amigo, y maldito sea vuestro pie, por dónde cae por aquí el palacio de la sin par princesa Doña Dulcinea del Toboso?

—Señor —respondió el muchacho—, yo soy forastero, y ha pocos días que vine a este pueblo a servir a un labrador rico. En aquella casa de enfrente viven el cura del lugar y el sacristán, y entrambos o el uno dellos sabrán decir a vuestra merced qué señora princesa hay en este lugar, porque tienen la lista de todos los vecinos del Toboso; aunque para mí tengo que en él no vive ninguna princesa, aunque principales señoras hay muchas, y cada una en su casa puede ser princesa.

—Pues bien, amigo mío, aquella por quien pregunto será una de estas —dijo don Quijote.

—Puede ser —respondió el muchacho—; con Dios se queda, que ya entra la claridad del día; y sin aguardar a más preguntas suyas, arreó las mulas.

Sancho, viendo a su amo abatido y algo descontento, le dijo: —Señor, el día no tardará en llegar, y no nos conviene que el sol nos coja en la calle;

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