por la calle de Santiago de Madrid, que es algo angosta, salía della un alcalde de Corte con dos alguaciles delante, y en viéndole mi buen escudero volvió la hacanea y dio muestras de quererle acompañar. Mi señora, que iba a las ancas, le dijo en voz baja: «¿Qué hacéis, bellaco, no veis que voy aquí?». El alcalde, que fue comedido, detuvo el caballo y le dijo: «Pasad, señor, que antes soy yo obligado a acompañar a mi señora doña Casilda», que era el nombre de mi ama. Con todo esto, mi marido, sombrero en mano, porfiaba en acompañar al alcalde, y viendo esto mi señora, llena de cólera y de enojo, sacó un alfiler de buzarte, o mejor dicho, un punzón de la cajuela, y hincóselo por las espaldas con tanta fuerza, que mi marido dio una gran voz, y retorciéndose vino a caer en el suelo con su señora. Los dos lacayos corrieron a levantarla, y lo mismo hicieron el alcalde y los alguaciles; hubo gran alboroto en la puerta de Guadalajara, digo, de los ociosos que en ella se congregaban; mi señora volvió a pie, y mi marido se acudió a una tienda de barbero diciendo que le habían pasado de parte a parte las tripas. La cortesía de mi marido anduvo tan en boca de todos, que los muchachos no le dejaban en las calles; y por esta causa, y por ser algo corto de vista, le despidió mi señora; y fue el despecho desto, tengo para mí de cierto, el que le trajo a la muerte. Quedé viuda desamparada, con una hija a cuestas que iba creciendo en hermosura como la espuma del mar; finalmente, como yo tenía fama de oficiala de aguja, la señora duquesa, que poco antes se había casado con el señor duque, me quiso traer consigo a este reino de Aragón, y a mi hija también, y aquí con el tiempo creció mi hija y con ella todas las gracias del mundo: canta como una alondra, danza como un pensamiento, patalea como una gitana, lee y escribe como un maestro de escuela y hace cuentas como un avaro; de su limpieza no digo nada, que el agua corriente no es más pura, y su edad es agora, si mal no me acuerdo, de dieciséis años y cinco meses y tres días, más a menos. A lo que vamos: el hijo de un labrador muy rico, que vive en un lugar del señor duque no muy lejos de aquí, se enamoró desta mi muchacha; y en
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