codiciosa, pues la hacienda de mi enemigo le había cegado los ojos de la voluntad, y se la había mudado de mí a pasarla a quien la fortuna se había mostrado más liberal y copiosa. Y luego, en mitad de este recuesto y denuesto, la disculpaba, diciendo que no era mucho que una doncella recogida en casa de sus padres, criada y enseñada a obedecerlos siempre, se hubiese rendido a su voluntad cuando le ponían por marido un caballero tan principal, tan rico y de tan nobles prendas, que si le negara la aceptación, habrían pensado que estaba fuera de juicio, o que tenía el amor en otra parte, sospecha injuriosa a su honestidad y buena fama. Mas luego tornaba a decir que, puesto que ella hubiera dicho que yo era su esposo, bien vieran que en haberme escogido a mí no habían hecho tan mal que no se pudiera disculpar, pues antes que Don Fernando le ofreciera su dote, ellos mismos no hubieran podido desear, si sus deseos se reglaran por la razón, mejor esposo para su hija que yo; y ella, antes de dar el último y forzoso paso de dar la mano, bien pudiera decir que yo se la había dado, que yo acudiera a confesar la verdad de lo que ella dijera. En efecto, vine a concluir que el amor flojo, la poca experiencia, la mucha ambición y el apetito de grandeza le habían hecho olvidar las palabras con que me había engañado, animada y sustentada de mis firmes esperanzas y honrado deseo.
—Así, meditabundo y agitado, proseguí mi camino el resto de la noche, y al amanecer llegué a uno de los puertos de estas sierras, por las cuales anduve otros tres días sin camino ni senda alguna, hasta que vine a parar a unos prados que no sé de qué parte de estas montañas están, donde pregunté a unos ganaderos hacia dónde estaba lo más áspero y descarnado de la sierra. Dijeronme que hacia esta parte; y yo luego tomé por aquí el camino, con intención de acabar la vida en ella; mas, al entrar por estas malezas, se me cayó muerta la mula de cansancio y de hambre, o, por mejor decir, como yo creo, para librarse de tan inútil carga como en mí llevaba. Quedé yo a pie, cansado, hambriento, sin tener quien me socorriese ni pensamiento de buscarlo; y así, me tendí por el suelo, no sé cuánto tiempo duró el desmayo, y, cuando volví en mí, halléme