despenderos: échanos en mitad de un prado a dormir, y hínchennos el estómago de bellotas o de acerolas.
Aquí terminó la conversación de Sancho con el ventero, sin que Sancho quisiese llevarla más adelante respondiéndole; pues ya le había preguntado qué oficio o qué profesión era la de su amo.
Llegada la hora de cenar, se retiró don Quixote a su aposento, y el ventero truxo la olla tal como estava, y él se sentó a cenar muy resueltamente.
Parece ser que en otro aposento que lindava con el de don Quixote, sin más división que un delgado tabique, oyó que dezían: «Por vida vuestra, señor don Jerónimo, que en tanto que traen la cena leamos otro capítulo de la Segunda Parte de Don Quixote de la Mancha».
Apenas oyó don Quijote su propio nombre, se puso en pie y, con los oídos atentos, escuchó lo que decían de él, y oyó que el don Jerónimo a quien habían hablado respondió diciendo: —¿Cómo queréis, don Juan, que leamos estas necedades, habiendo de ser imposible que a cuantos han leído la primera parte de la historia de Don Quijote de La Mancha les pueda dar gusto el leer esta segunda?
—Con todo eso —dijo aquel a quien llamaban don Juan—, bueno será leerle, que no hay libro tan malo que no tenga alguna cosa buena. Lo que a mí más me desplace dél es que pinta a don Quijote ya desamorado de Dulcinea del Toboso.
Al oír esto, Don Quixote, lleno de ira y de indignación, levantó la voz y dijo: > «Quienquiera que sea el que dijere que don Quijote de la Mancha se ha olvidado, o puede olvidarse, de Dulcinea del Toboso, yo le haré entender con las armas iguales que apart muchísimo de la verdad; porque ni la sin par Dulcinea