alcanzaba con los pies a él, lo cual fue peor para él; porque, viendo cuán poco le faltaba para asentar los pies del todo, se atormentaba y se estiraba cuanto podía por alcanzarlo; casi como aquellos que padecen el tormento de la garrucha, cuando están a tocar y no tocar, que a sí mismos se acaban de atormentar con el deseo de estirarse, engañados de la esperanza de que con un poquito más llegarán al suelo.
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Capítulo XLIII
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