Don Fernando separó al cuadrillero y a don Quijote, y con satisfacción de ambos hizo que soltasen la presa con que el uno tenía tomado al otro por los zancarrones del cuello y el otro por la golilla de la casaca; sin que por esto, con todo, los cuadrilleros dejasen de pedir su preso y de requerir que les ayudasen y entregasen atado y sujeto a su poder, pues así convenía al servicio del rey y de la Santa Hermandad, en cuyo nombre de nuevo pedían favor y ayuda para hacer aquella presa de aquel ladrón y salteador de caminos.
Don Quijote sonrió al oír estas palabras, y con mucha calma respondió: > «—¡Ea, gente baja, mal nacida y peor criada!; ¿llamáis a esto salto de monte y asalto de caminos, el dar libertad a los encadenados, soltar a los presos, socorrer a los miserables, levantar a los caídos y acudir a los menesterosos? ¡Oh, gente infame, que por vuestra baja y abyecta inteligencia no merecéis que el cielo os muestre la virtud que en sí encierra la caballería andante, ni os descubra el pecado y la ignorancia en que caéis en no respetar la sombra, cuanto más la presencia, de cualquier caballero andante! Andad, cuadrilla, no de ministros, sino de ladrones; salteadores con licencia de la Santa Hermandad; decidme, ¿quién fue el ignorante que firmó mandamiento de prisión contra semejante caballero como yo soy? ¿Quién fue el que no supo que son los caballeros andantes exentos de toda jurisdicción, y que su ley es su espada, sus bríos sus fueros y su voluntad sus edictos? ¿Quién fue, digo, el tonto que ignora que no hay ejecutoria de hidalguía que tantas ventajas y exenciones alcance como la que adquiere un caballero andante el día que se arma caballero y se entrega al ejercicio de la penosa caballería? ¿Qué caballero andante pagó jamás alcabala, pecho, martiniega, moneda forera, portazgo ni