desencantarla». «Todo eso y mucho más debe vuestra merced a mi señora», fue la respuesta que la doncella me dio, y, tomando los cuatro reales, en vez de hacerme una reverencia, dio una gambeta, saltando dos varas en el aire
—¡Bendito Dios! —exclamó a esta sazón Sancho en voz alta—, ¿es posible que tal cosa haya en el mundo, y que tengan tanto poder los encantadores y encantos, que hayan mudado el buen juicio de mi señor en esta guisa y tan llena de disparates? ¡Oh señor, señor, por amor de Dios, que vuestra merced mire por sí y tenga cuenta con su honra, y no dé crédito a essas patrañas que le han dejado escaso y corto de sentido!
—Hablas de esa manera porque me amas, Sancho —dijo don Quijote—; y como no tienes experiencia de las cosas del mundo, todo lo que tiene alguna dificultad te parece imposible; pero el tiempo pasará, como dije antes, y te contaré algunas de las cosas que vi allá abajo, las cuales te harán creer lo que he relatado ahora, cuya verdad no admite réplica ni duda.