bien has de saber, Sancho, que es honra de los caballeros andantes no comer en un mes, y, ya que coman, sea de lo que hallaren más a mano; y esto se te hiciera de manifiesto si hubieras leído tantas historias como yo, que, por muchas que sean, en todas ellas no he hallado memoria de que los caballeros andantes comiesen, si no era acaso en algunas suntuosas bancadas que le hacían, y en los demás días se los pasaban en pendencias. > > Y aunque se deve entender que no podían pasar sin comer y sin facer los otros naturales menesteres, porque en efecto eran hombres como nosotros, se deve entender también que, andando lo más del tiempo de su vida por florestas y desiertos y sin cocinera, su más ordinaria comida sería manjares rústicos, tales como los que agora aquí nos ofrecen; así que, amigo Sancho, no te congoje lo que a mí me da gusto, ni quieras tú facer nuevo mundo ni sacar la caballería andante
—Perdone vuestra merced, señor mío —dijo Sancho—, que como no sé leer ni escribir, según dije hace poco, ni sé ni alcanzo las reglas de la profesión caballeresca; y así, desde ahora en adelante, abasteceré las alforjas de todo género de fruta seca para vuestra merced, pues es caballero, y para mí, como no lo soy, las proveeré de aves y de otras cosas de más sustancia.
—No digo yo, Sancho —respondió don Quijote—, que sea de la obligación de los caballeros andantes no comer otra cosa que las frutas que dices, sino que su ordinario sustento debía de ser de aquellas y de ciertas yerbas que ellos conocían por el campo, que yo también conozco.
—Buena cosa es —respondió Sancho— saber esas hierbas, porque a mi parecer será menester algún día poner esa ciencia en práctica.