En lo tocante a las armas blancas, propuso de limpiarlas, en la primera ocasión que tuviese, de modo que fuesen más blancas que un armiño; y con esto se consoló y prosiguió su camino, sin llevar otro que aquel que su caballo quería, creyendo que en aquello consistía la fuerza de las aventuras.
Y así, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mismo y diciendo: «¿Quién duda sino que en los tiempos venideros, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, desta manera?:
“Apenas el rubicundo Apolo tendió por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados paxarillos con sus primas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada Aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de La Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante y comenzó a caminar por el antiguo y conocido Campo de Montiel”;
»y era la verdad que por él caminaba.
“Dichosa edad y siglo dichoso aquel —prosiguió—, a quien mis famosas hazañas saldrán a luz, dignas de ser esculpidas en bronces, labradas en mármoles y pintadas en tablas, para memoria en lo futuro. Y tú, oh sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista de esta peregrina historia, ruégueste que no te olvides de mi buen Rocinante, compañero eterno mío en todos mis caminos y carreras”.
Al cabo volvió a prorrumpir de nuevo, como si estuviera enamorado de veras: