Pero cuando uno menos lo esperaba, ¡he aquí que un día aparece la recatada Marcela convertida en pastora!; y a pesar de su tío y de todos los del pueblo que intentaron disuadirla, se dio a ir al campo con las demás zagalas del lugar y a apacentar su propio rebaño.
Y así, desde que se dejó ver en público y su hermosura comenzó a contemplarse abiertamente, no sabría deciros cuántos mozos ricos, hidalgos y labradores han adoptado el atuendo de Crisóstomo y andan por estos campos requiriéndola de amores. Uno de estos, como ya se ha dicho, fue nuestro difunto amigo, de quien dicen que no la amaba, sino la adoraba.
Pero no habéis de pensar que, por haber elegido Marcela género de vida tan libre y independiente, y con tan poca o ninguna reserva, por eso ha dado pie, ni aun sombra de él, para que se menoscabe su honestidad y recato; antes es tanta y tan grande la vigilancia con que mira por su honra, que de cuantos la sirven y solicitan, ninguno se ha alabado, ni con verdad se podrá alabar, que le haya dado esperanza alguna, por pequeña que sea, de conseguir su deseo.
Porque, puesto que ella no huye ni esquiva la conversación y compañía de los pastores, y los trata con cortesanía y agasajo, en llegando a declarar su intención, aunque sea tan justa y santa como la del matrimonio, los arroja de sí como una peladica de ballesta.
Y con esta índole hace más daño en esta tierra que si hubiera entrado en ella la peste, pues su afabilidad y su hermosura atraen los corazones de los que la tratan a que la amen y la sirvan, pero su desdén y su franqueza los traen al borde de la desesperación; y así no saben qué decir sino pregonarla a voces cruel y desamorada, y otros nombres del mismo jaez que bien declaran la condición de su natural; y si vos estuvieseis aquí algún tiempo, señor, veríais resonar estos montes y estos valles con los lamentos de los desengañados que la siguen.