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nydus/Don QuixotePublic
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XXV. Que trata de las extrañas cosas que al valiente caballero de la Mancha sucedieron en la Sierra Morena, y de su

A lo que respondió Sancho: —Escríbadla dos o tres veces ahí en el libro y déjamela, y yo la llevaré muy con cuidado, porque pensar que la tengo de guardar en la memoria es gran disparate, que la tengo tan mala, que muchas veces se me olvida cómo me llamo; pero con todo eso, dígamela bien así, que me holgaré mucho de oírla, porque a lo que creo ha de ir como de molde.

—Escucha —dijo don Quijote—, aquí dice lo siguiente:

«Soberana y alta señora: El herido de la punta de ausencia y el llagado de las entrañas del corazón, la dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu hermosura me desprecia, si tu valor no es en mi favor, si tus desdenes son en mi despecho, maguer que yo sea bien sufrido, mal podré sustentar esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación, ¡oh hermosa ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu causa estoy: si gustares de socorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto, que, con acabar mi vida, habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo.

—¡Por la vida de mi padre —dijo Sancho en oyendo la carta—, que es la más alta cosa que jamás he oído! ¡Cuerpo de mí! ¡Y cómo dice vuestra merced en ella todo lo que quiere! ¡Y qué bien sienta aquello de «El Caballero de la Triste Figura» a la firma! En verdad que vuestra merced es el mesmo diablo, y que no hay cosa que no sepa.

—Todo es menester para la vocación que sigo —dijo Don Quijote.

—Pues bien —dijo Sancho—, ponga vuestra merced el libramiento de los pollinos en la otra banda, y fírmelo con buena letra, para que a la primera vista lo conozcan.

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