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nydus/Don QuixotePublic
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XI

vayan a presentarse ante ella y que me traigan relación de lo que con ella les hubiere sucedido en este caso.

—A fe mía —dijo Sancho—, que me parece que lo que vuestra merced ha propuesto es de perlas, y que por este camino daremos en lo que deseamos; y si es que de sola vuestra merced se esconde, mayor será la desdicha suya que la nuestra; pero con tal que la señora Dulcinea esté buena y alegre, nosotros por nuestra parte lo llevaremos en paciencia y nos ateneremos a lo que pudieren dar de sí nuestros pasos, buscando nuestras aventuras y dejando al Tiempo que haga la suya, que es el mejor médico para aquestas y mayores dolencias.

Don Quijote iba a responder a Sancho Panza, pero se lo impidió un carro que atravesaba el camino, lleno de las más diversas y extrañas personas y figuras que imaginarse podían. El que guiaba las mulas y hacía de carretero era un feo demonio; el carro venía descubierto al cielo, sin toldo ni cabria, y la primera figura que se le ofreció a los ojos de Don Quijote fue la de la misma Muerte con rostro humano; junto a ella venía un ángel con unas grandes alas pintadas, y a un lado un emperador, con una corona, a lo que parecía, de oro en la cabeza. A los pies de la Muerte estaba el dios que llaman Cupido, sin la venda en los ojos, pero con su arco, aljaba y saetas; venía también un caballero armado de punta en blanco, sino que no traía morcelina ni celada, sino un sombrero adornado de plumas de diversos colores; y junto a estos venían otras personas de diferentes trajes y rostros. Todo esto que de improviso se les ofreció, puso algún sobresalto en Don Quijote y acobardó el corazón de Sancho; mas luego se alegró Don Quijote, creyendo que era alguna nueva y peligrosa aventura la que se le ofrecía, y con este pensamiento, y con ánimo dispuesto a acometer cualquier peligro, se puso delante del carro, y con voz arrogante y

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