causaba espanto y sobresalto; y más cuando vieron que ni los golpes cesaban, ni el viento soplaba, ni la mañana acudía; a todo lo cual se añadía la ignorancia de los lugares donde se hallaban.
Pero don Quijote, sostenido por su intrépido corazón, saltó sobre Rocinante, y ajustándose la rodela en el brazo, enristró su pica y dijo: —Amigo Sancho, sabe que yo soy nacido, por voluntad del cielo, en esta nuestra edad de hierro, para resucitar en ella la de oro, o la dorada, como suele llamarse; yo soy aquel para quien están guardados los peligros, las grandes hazañas y los valerosos hechos; yo soy, digo otra vez, quien ha de resucitar los caballeros de la Tabla Redonda, los doce de Francia y los nueve de la Fama; y el que ha de poner en olvido los Platires, los Tablantes, los Olivantes y Tirantes, Febos y Belianes, con toda la caterva de los famosos caballeros andantes de los pasados tiempos, haciendo en estos en que me hallo tales hazañas, maravillas y pasos de armas, que oscurezcan las más clarísimas que ellos hicieron.
Bien reparas, fiel y leal escudero, en la oscuridad de esta noche, en su extraño silencio, en el sordo y confuso rumor de aquellos árboles, en el espantoso estruendo de aquella agua en cuya busca vinimos, que parece que se precipita y desploma desde los altos montes de la Luna, y en aquel incesante golpear que hiere y lastima nuestros oídos; cosas todas que juntas, y cada una por sí sola, bastan a infundir miedo, terror y pánico en el pecho del mismo Marte, cuánto más en el de quien no está acostumbrado a semejantes trances y aventuras.
Pues bien, todo esto que te pongo delante no es sino un incitamiento y estimulante a mi espíritu, que hace que el corazón me reviente en el pecho por codicia de acometer esta aventura, por ardua que se muestra; y así, aprieta un poco las cinchas a Rocinante, y con Dios te queda; espérame aquí tres días y no más, y si en ellos no vuelvo, te puedes volver