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nydus/Don QuixotePublic
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XXXII

Los insolentes servidores, y aun el maestresala que con ellos vino, tomaron las palabras de la duquesa de veras, de modo que le quitaron la toalla del cuello a Sancho, y con no pequeña vergüenza y confusión de su rostro se fueron todos y le dejaron; con lo cual él, viéndose libre de aquel peligro, que a su parecer era extremo, se fue a hincar de rodillas ante la duquesa, diciendo:

«De las grandes señoras grandes mercedes se esperan; esta que vuestra señoría hoy me ha hecho no se puede pagar con menos que con desear verme caballero andante, para emplearme todos los días de mi vida en el servicio de tan alta princesa. Labrador soy, Sancho Panza me llamo, casado tengo, hijos crío y escudero sirvo; si en alguna de estas partes puedo servir a vuestra alteza, no tardaré más en obedecer que vuestra merced en mandar».

—Bien se ve, Sancho —respondió la duquesa—, que habéis aprendido la cortesía en la escuela misma de la crianza; quiero decir que bien se ve que habéis criado el pecho del señor don Quijote, que es la nata de los bien hablados y la flor de las ceremonias, o cirimoniada, como vos soléis decir. Bien haya tal amo y tal criado: el uno, norte de la andante caballería; el otro, estrella de la escuderil fidelidad. Levantaos, amigo Sancho; que yo haré que el duque mi señor os cumpla la promesa que os tiene hecha del gobierno lo más presto que ser pueda.

Con esto se dio fin a la plática, y don Quijote se retiró a dormir la siesta; pero la duquesa rogó a Sancho que, si no tenía grandísima gana de dormir, se pasase a pasar la tarde con ella y con sus doncellas en una muy fresca sala. Sancho respondió que, aunque verdaderamente tenía costumbre de dormir cuatro o cinco horas en lo más caluroso del día por el verano, por servir a su excelencia procuraría con todas sus fuerzas no dormir ninguna aquel día, y que vendría a obedecer su mandamiento; y con esto se fue.

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