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nydus/Don QuixotePublic
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XIII

sino bien a todos, ni tiene malicia alguna; un niño le puede hacer creer que es de noche a mediodía; y por esta sencillez le quiero como a las entrañas de mi corazón, y no me puedo avenir a dejarle, por más disparates que haga.

—Con todo eso, hermano y señor —dijo el del Bosque—, si el ciego guía al ciego, ambos van a peligro de caer en el hoyo. Más nos vale retirarnos con tregua y volvernos a nuestras casas, pues los que buscan aventuras no siempre las hallan buenas.

Sancho iba escupiendo de cuando en cuando, y parecía su saliva algo espesa y reseca, al ver lo cual el compasivo escudero del Bosque dijo: —Paréceme que con tanto hablar como hemos llevado se nos han pegado las lenguas al paladar; pero yo tengo colgado del arzón de mi caballo un cierto aflojador —y, levantándose, volvió al cabo de un rato con una gran bota de vino y un empanado de media vara de largo; y no es hipérbole, porque era de un conejo casero tan grande que Sancho, al tantearlo, juzgó que sería de cabra, si no de cabrito, y, reparando en él, dijo: —¿Y traéis esto con vos, señor?

—Pues, ¿en qué está pensando? —dijo el otro—; ¿me toma por algún escudero de poca monta? Llevo mejor despensa en la grupa de mi caballo de la que lleva un general cuando sale de campaña.

Sancho comió sin que hubiese necesidad de rogárselo, y a oscuras tragaba los bocados a puñados, como nudos de atar, y decía: —Vuestra merced es un escudero de los de bien, de los de chapa y canto, de los ricos y grandes, como lo muestra este banquete, que, si no ha venido aquí por arte de encantamiento, a lo menos tiene parecido con ello; no como yo, desdichado de mí, que no tengo más en las alforjas que un mendrugo de queso, tan duro que se podría abrir con él la cabeza de un gigante, y, para hacerle compañía, otras tantas docenas de algarrobas y otras tantas avellanas y nueces; merced a la estrecheza de mi amo y a la opinión que

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