En la mitad iba Sancho con su vara, que no había más que ver; y habiendo andado algunas calles del lugar, oyeron ruido como de cuchilladas. Acudieron al lugar, y hallaron que los que se combatían eran solos dos, los cuales, viendo venir la justicia, se detuvieron, y el uno dellos exclamó: «¡Socorro, en nombre de Dios y del rey! ¿Que se permite robar en mitad deste pueblo, y salir a asaltar a la gente en las mismas calles?».
—Sed calmado, buen hombre —dijo Sancho—, y contadme cuál es la causa de esta riña; pues yo soy el gobernador.
Dijo el otro contendiente: «Señor gobernador, yo se lo diré en muy pocas palabras. Vuestra merced debe saber que este caballero acaba de ganar más de mil reales en esa casa de juego de enfrente, y Dios sabe cómo.
Yo estaba allí, y di más de un punto dudoso a su favor, muy a pesar de lo que mi conciencia me dictaba. Él se largó con sus ganancias, y cuando yo daba por seguro que me iba a dar una corona o así, al menos, a modo de regalo, tal como es uso y costumbre con los hombres de calidad de mi calaña que asisten para ver juego limpio o tramposo, y respaldan timos y previenen riñas, se metió el dinero en el bolsillo y salió de la casa.
Indignado por esto, lo seguí y, hablándole con buenas y corteses palabras, le pedí que me diera aunque solo fuesen ocho reales, pues bien sabe él que soy un hombre honrado y que no tengo ni oficio ni beneficio, ya que mis padres nunca me enseñaron ninguno ni me dejaron nada; pero el bribón, que es más ladrón que Caco y más tahúr que Andradilla, no quiso darme más de cuatro reales; de modo que vuestra merced puede ver cuánta poca vergüenza y conciencia tiene.
Pero, a fe mía, de no haber llegado usted, le habría hecho disgutar las ganancias, y habría aprendido cuánto pesaba la romana».