—Nuestro huésped se nos ha desbocado —se dijo a este punto don Lorenzo—; pero, con todo eso, es un bendito loco, y yo sería un duro tocho si lo dudase.
Aquí, siendo llamados a cenar, dieron fin a su coloquio. Don Diego preguntó a su hijo qué es lo que había podido colegir acerca del juicio de su huésped. A lo que él respondió:
«Todos los médicos y letrados agudos del mundo no sacarán la verdad del pie de su locura; es un loco entreverado, de entresaca y de claros a menudo».
Entraron a cenar, y el repase fue tal como don Diego había dicho por el camino que solía dar a sus huéspedes, limpio, abundante y sabroso; pero lo que más a don Quixote contentó fue el maravilloso silencio que por toda la casa reinaba, que parecía que era de cartujo.
Quitado el mantel, dada gracias y lavadas las manos, don Quijote importunó a don Lorenzo que le dijese los versos del justas, a lo que él respondió: —Por