Donde se cuenta la astuta traza que Sancho usó para encantar a la señora Dulcinea, y otros sucesos tan sencillos como verdaderos.
Cuenta la historia que apenas don Quijote se hubo acogido al bosque, encinar o selva cerca del Toboso, mandó a Sancho que volviese a la ciudad, y que no pareciese delante de su presencia sin haber primero hablado de su parte a su señora, pidiéndola fuere servida de dejarse ver de su cautivo caballero, y se dignase de echarle su bendición, con que pudiese esperar venturosos sucesos en todos sus acometimientos y difíciles empresas.
Encargose Sancho de ejecutar lo que se le mandaba conforme a la orden, y de traer tan buena respuesta como la otra vez trajo.
—Ve, hijo mío —dijo Don Quijote—, y no te aturdas cuando te veas cercado de la luz de aquel sol de hermosura que vas a buscar. ¡Dichoso tú, sobre todos los escuderos del mundo! Ten en la memoria, y no se te borre de ella, cómo te recibe; si muda de color mientras vas con mi embajada; si se desasosiega y turba con oír mi nombre; si no cabe sobre su almohada, si por ventura la hallares sentada en el estrado de su majestad; y si estuviere en pie, mira si se acoge ya a un pie, ya a otro; si repite dos o tres veces la respuesta que te diere; si pasa de la mansedumbre a la aspereza, de la fiereza a la blandura; si se alza la mano a acomodarse el cabello, aunque no vaya desordenado. En resolución, hijo, nota todas sus acciones y movimientos, que si tú me los relatares como ellos fueron, sacaré yo lo que ella esconde en lo secreto