conjeturo que debo de estar cerca de Barcelona; y así fue la verdad, como él lo pensaba; y con la primera luz alzaron los ojos y vieron que las frutas que en aquellos árboles pendían eran cuerpos de bandoleros.
Y ya soplaba el día; y si los muertos piratas los habían espantado, no menos sobresaltados debieron de tener los corazones hasta cuarenta vivos que de improviso los cercaron, los cuales en lengua catalana les mandaron que se detuviesen y esperasen hasta que su capitán llegase. Don Quixote estaba a pie, enfrenado el caballo, arrimada la lanza a un árbol, y, en fin, desarmado del todo; y así, por el mejor partido tuvo el abrazarse con los brazos cruzados y bajar la cabeza, reservándose para mejor sazón y coyuntura. Los bandoleros se dieron priesa a registrar a su rucio, y no le dejaron cosa de cuantas llevaba en las alforjas y en la maleta; y ventura fue que los escudos del duque y los que de casa traía Sancho los tenía en un pretina que al cuerpo ceñido traía;