Todo el mérito que pueda tener Avellaneda le viene reflejado por Cervantes, y es demasiado torpe para reflejar gran cosa.
«Torpe y sucio» será siempre, me imagino, el veredicto de la gran mayoría de los lectores sin prejuicios.
Él es, en el mejor de los casos, un mal plagiarista; todo lo que sabe hacer es seguir servilmente la pista que le marca Cervantes; su único humor consiste en hacer que Don Quijote tome las ventas por castillos y se imagine a sí mismo como algún personaje legendario o histórico, y que Sancho confunda palabras, invierta los refranes y dé muestras de su glotonería; a lo largo de toda la obra muestra una propensión a la grosería y la suciedad, y se las ha ingeniado para introducir dos cuentos más sucios que cualquier obra de los novellieri del siglo XVI y carentes de su gracia.
Pero, sean cuales fueren Avellaneda y su libro, no debemos olvidar la deuda que les tenemos. Sin ellos, no cabe duda, el Don Quijote nos habría llegado convertido en un mero torso en lugar de una obra completa.
Aun si Cervantes hubiera terminado el volumen que tenía entre manos, con toda seguridad lo habría dejado con la promesa de una tercera parte, que daría las posteriores aventuras de Don Quijote y los humores de Sancho Panza como pastores. Es evidente que en un tiempo tuvo la intención de ocuparse de las novelas pastoriles como lo había hecho con los libros de caballerías, y de no ser por Avellaneda habría intentado llevarla a cabo.
Pero es más probable que, con sus planes, sus proyectos y su optimismo, el volumen hubiera permanecido inacabado hasta su muerte, y que nunca hubiéramos hecho amistad con los duques ni habríamos ido con Sancho a Barataria.