Llegaron luego los pescadores, dueños de la barca, que las ruedas del molino habían hecho pedazos, y, viendo la barca despedazada, comenzaron a despojar a Sancho y a pedir a Don Quixote la paga della; mas él, con gran sosiego, como si no le hubiera pasado nada por los ojos, dijo a los molineros y a los pescadores que él pagaría la barca de muy buena gana con condición que le entregasen libre y sin daño a la persona o personas que en aquel su castillo estaban oprimidas.
—¿De qué personas o de qué castillo hablas, loco? ¿Acaso vas a llevarte a la gente que viene a moler el trigo en estos molinos?
—Basta —se dijo don Quijote para sí—; es predicar en desierto pretender con ruegos persuadir a esta chusma a que haga ninguna obra virtuosa. En esta aventura deben de haberse encontrado dos poderosos encantadores, y el uno frustra lo que el otro intenta; el uno me deparó la barca, y el otro me dio al traste con ella; Dios nos socorra, que todo este mundo son máquinas y trazas, maquinadas las unas contra las