Mirad cómo vuelven las espaldas y se salen de la ciudad, y con alegre y risueño rostro toman el camino de París. ¡Andad en paz, o par de verdaderos amantes!, que lleguéis a vuestra deseada patria sin que la fortuna ponga impedimento en vuestro próspero viaje; ¡que los ojos de vuestros amigos y parientes os vean gozar en paz y en tranquilidad los días que os quedan de la vida—que sean tantos como los de Néstor!
Aquí volvió a dar voces el maese Pedro, diciendo:
«¡Llaneza, muchacho! No te alces por las nubes, que toda afectación es mala.»
El trujamán no respondió nada, sino que prosiguió diciendo:
«No faltaron ojos ociosos, que todo lo ven, que viesen bajar y montar a Melisendra, y diéronle mandado al rey Marsilio, el cual mandó luego tocar alarma; y mirad qué turba y qué bullicio se levanta, y cómo la ciudad se anega con el son de las campanas que tocan en las torres de todas las mezquitas».
—No, no —dijo a esto don Quijote—; en eso de las campanas anda muy impropio maese Pedro, porque entre los moros no se usan campanas, sino atabales, y una suerte de clarines a modo de los nuestros; y querer tocar campanas en Sansueña es sin duda alguna gran disparate.
Al oír esto, el maese Pedro dejó de tocar los cascabeles y dijo: > —No reparte en niñerías, señor don Quijote, ni quiera mirar las cosas con tanto rigor, que no se halla pelo en la sopa. ¿No se representan por ahí cada día casi mil comedias llenas de tantas impropiedades y disparates, y con todo eso corren felicísimamente su carrera, y