los pusimos en tierra, de lo cual quedaron sumamente asombrados; pero al llegar a tierra el padre de Zoraida, que ya había recuperado por completo el juicio, dijo:
—¿Pensáis, cristianos, que es por ventura por la piedad que esta mala mujer tiene de darme la libertad por lo que ella se alegra? ¿Pensáis que es por el amor que me tiene? No por cierto; sino sólo por el estorbo que mi presencia le ponía a la ejecución de sus ruines deseos. Y no creáis que la ha movido a mudar religión creer que la vuestra es mejor que la nuestra, sino por saber que la deshonestidad se usa más libremente en vuestra tierra que en la nuestra.
Luego, volviéndose a Zoraida, a quien yo y otro de los cristianos teníamos asida de ambos brazos porque no hiciese algún disparate, le dijo:
—¡Oh infame moza, oh mal aconsejada doncella! ¿A dónde vas ciega y desatinada en poder de estos perros, nuestros naturales enemigos? ¡Maldita sea la hora en que te engendré, y malditos sean los regalos y delicias en que te crié!