«Este caballero también fue de los aventureros cristianos, mas creo que fue más liberal que valiente, como lo puedes ver, Sancho, en que parte su capa con el mendigo y le da la mitad; sin duda debía de ser entonces invierno, porque a no ser así, se la diera toda, tanta era su
—No sería eso, por ventura —dijo Sancho—, sino que se debió de atener al refrán que dice: «Para dar y tener, seso ha menester».
Don Quijote se rio y les pidió que quitasen el paño siguiente, debajo del cual se vio la imagen del patrón de las Españas sentado a caballo, con la espada teñida en sangre, atropellando moros y pisando cabezas; y en viéndola, dijo Don Quijote:
«¡Ay, este sí que es caballero, y de los escuadrones de Cristo! Este se llama don Santiago matamoros, uno de los más valientes santos y caballeros que tuvo el mundo y tiene ahora el cielo».
Luego levantaron otro lienzo que al parecer cubría a san Pablo cayendo del caballo, con todos los pormenores que de ordinario suelen pintarse en su conversión. En viéndole don Quixote, y que al natural estaba representado, que parecía que Cristo le hablaba y Pablo respondía: —Este —dijo—, en su tiempo fue el mayor enemigo que tuvo la Iglesia de Dios nuestro Señor, y el mayor defensor que tendrá jamás: caballero andante por la vida, y santo firme por la muerte, labrador atareado en su viña, doctor de las gentes, cuya escuela fue el cielo, y cuyo catedrático y maestro fue el mesmo Jesucristo.
No hubo más imágenes, así que Don Quijote mandó que las volviesen a cubrir, y dijo a los que las habían traído: —Tengo por dichoso agüero, hermanos, haber visto lo que he visto; porque estos santos y caballeros fueron de la misma profesión que yo,