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nydus/Don QuixotePublic
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XVII

Potro de Córdoba y dos vecinos de la Feria de Sevilla, gente alegre, bienintencionada, traviesa y juguana, los cuales, casi movidos e instigados de un mesmo impulso, se llegaron a Sancho y le apearon del asno, y entrando el uno por la manta de la cama del ventero, le echaron en ella; mas, mirando lo alto del techo, que era algo bajo para lo que ellos querían hacer, determinaron de salir al corral, que encerraba en sí el cielo; y allí, poniendo a Sancho en mitad de la manta, le comenzaron a levantar en alto y a burlarse dél con él como con perro en término de carnestolendas.

Los gritos del desdichado manteado eran tan grandes que llegaron a los oídos de su amo, el cual, deteniéndose a escuchar con atención, se persuadió de que alguna nueva aventura le venía encima, hasta que conoció claramente que los daba su escudero.

Volviendo las riendas, llegó a la venta a galope tendido, y hallándola cerrada, la rodeó por si hallase alguna parte por donde entrar; mas apenas llegó a la cerca del corral, que no era muy alta, cuando descubrió el juego que se traían con su escudero.

Le vio subir y bajar por el aire con tanta gracia y ligereza que, si su cólera se lo hubiera consentido, creo que se hubiera reído.

Intentó pasar de su caballo a lo alto de la cerca, pero estaba tan molido y quebrantado que ni aun pudo desmontar; y así, desde la silla, comenzó a decir tales maldiciones y oprobios a los que manteaban a Sancho, que es imposible escribirlos. Ellos, sin embargo, no por eso dejaban su risa y su obra, ni el volador Sancho cesaba sus lamentaciones, mezcladas ya con amenazas, ya con ruecos, pero todo de poco o ningún fruto, hasta que, de puro cansancio, le dejaron.

Le llevaron luego su jumento, y, subiéndole en él, le envolvieron en su sayo; y la compasiva Maritornes, viéndole tan maltrecho, tuvo por bien de refrescarle con un jarro de agua, y, porque estuviese más fresca, la trujo del pozo.

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