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nydus/Don QuixotePublic
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XXII

—Atáme y calla —dijo don Quijote—, que para semejante empresa, amigo Sancho, estaba yo reservado; —y dijo el guía—: Suplico al señor don Quijote mire bien y con cien ojos examine lo que ahí dentro hay; quizás habrá cosas que poner en mi libro de las transformaciones.

—El tambor está en manos que sabrán tocarle muy bien —dijo Sancho Panza.

Cuando hubo dicho esto y terminado de atar (lo cual no fue sobre la armadura, sino solamente sobre el jubón), don Quijote observó: —Fue un descuido nuestro no habernos provisto de un almirez pequeño que atar a la soga junto a mí, cuyo son hubiera mostrado que iba bajando y con vida; mas, como ya esto es imposible, en la mano de Dios sea guiarme —y luego se puso de rodillas y en voz baja suplicó al cielo que le socorriese y le diese ventura en aquella tan peligrosa y jamás vista aventura, y luego exclamó en voz alta—: Oh señora de mis acciones y movimientos, ilustre y sin par Dulcinea del Toboso, si por ventura los ruegos y súplicas de este vuestro venturoso enamorado pueden llegar a vuestros oídos, por vuestra incomparable hermosura os ruego que los escuchéis, que no piden otra cosa sino que vuestro favor y amparo no me desamparen ahora que tanto menester los tengo. Yo voy a precipitarme, a hundirme y anegarme en el abismo que aquí se me muestra, solo para hacer saber al mundo que, con tal que vos me favorezcáis, no hay imposibilidad que yo no intente y acabe. Con estas palabras se llegó a la sima, y vio que no era posible descolgarse ni hacer lugar para entrar sino a fuerza de brazos y tajo de espada; y así, sacando la suya, comenzó a deshacer y cortar las zarzas que a la boca de la cueva estaban, a cuyo ruido salió una infinidad de grajos y grajillas tan espesos y con tanta velocidad que dieron con don Quijote en el suelo; y si él hubiera sido tan agorero como católico cristiano, lo tuviera a mal agüero y excusara de meterse en tal lugar.

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