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nydus/Don QuixotePublic
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LIII

Del turbulento fin y término que tuvo el gobierno de Sancho Panza

Imaginar que en esta vida cualquier cosa perteneciente a ella ha de durar siempre en un mismo estado es vano pensamiento; antes bien, parece que en ella todo anda en círculo, digo, a la redonda. A la primavera sigue el verano, al verano el estío, al estío el otoño, y al otoño el invierno, y el invierno a la primavera, y así corre el tiempo con nunca parada rueda. Sola la vida del hombre, más ligera que el tiempo, corre a su fin sin esperanza de renovación, si no es en la otra que no tiene término ni fin. Esto dice Cide Hamete, filósofo mahometano; porque aquello de entender la ligereza y mutabilidad de la presente vida y la duración de la eterna que esperamos, muchos sin lumbre de fe, solo con la luz natural, lo han alcanzado; pero aquí nuestro autor habla de la brevedad con que se acabó, deshizo, consumió y desvaneció como en humo y sombra el gobierno de Sancho. El cual, hallándose en la cama la noche del séptimo día de su gobierno, harto, no de pan ni de vino, sino de juzgar y dar sentencias, de hacer leyes y premáticas, cuando el sueño, a pesar del hambre, le cerraba los párpados, oyó tanto ruido de campanas y de voces, que no parecía sino que toda la ínsula se hundía.

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