los que allí estaban eran cristianos, dando una voz desmesuradamente grande, comenzó a gritar en árabe: «¡Cristianos, cristianos! ¡ladrones, ladrones!», con cuyas voces nos puso a todos en grandísimo temor y sobresalto; mas el renegado, viendo el peligro en que estábamos y cuán importaba a su propósito la ejecución de la obra antes que fuesen sentidos, subió con la mayor presteza a donde estaba Haji Morato, y con él fueron otros de los nuestros; yo, en resolución, no osé dejar a Zoraida, que se había desmayado casi en mis brazos. En efecto, los que habían subido se dieron tan buena traza que en un instante bajaron, trayendo a Haji Morato con las manos atadas y con un pañuelo en la boca, que le impedía el poder hablar palabra, advirtiéndole que el hablar le costaría la vida. Cuando su hija le vio, se cubrió los ojos por no verle, y el padre quedó pasmado, ignorando cuán de su voluntad se había puesto en nuestras manos. Pero a esta sazón nos importaba más el partir que otra cosa alguna, y así, con recato y presteza, volvimos a tomar la barcaza, donde los que se habían quedado en ella nos esperaban con temor de que nos hubiese sucedido algún mal. Apenas habían dos horas que la noche se había entrado, cuando ya todos estábamos en la barcaza, en la cual se le quitaron las ligaduras al padre de Zoraida y el pañuelo de la boca; mas el renegado le volvió a decir que no hablase palabra, porque le costarían la vida. Él, cuando vio allí a su hija, comenzó a suspirar amargamente, y más cuando vio que yo la tenía abrazada estrechamente y que ella no se rebeldaba ni se quejaba ni mostraba descontento alguno; con todo esto callaba, temeroso de que no pusiesen en efecto las repetidas amenazas que el renegado le había hecho.
Al verse ahora a bordo y que nos disponíamos a bogar con los remos, Zoraida, al ver allí a su padre y a los demás moros atados, rogó al renegado que me pidiese el favor de soltar a los moros y poner en libertad