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nydus/Don QuixotePublic
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XLVIII

todo el mundo, para cuyo efecto tomé la orden de la caballería andante que profeso, cuyo ejercicio se extiende a hacer bien aun a las almas del

Oyendose así conjurada la desdichada dueña, con el mesmo miedo conjeturó el de Don Quijote, y con voz baja y lastimera respondió: —Señor Don Quijote —si ya es que vuestra merced es Don Quijote—, yo no soy fantasma ni bulto, ni alma en pena, como vuestra merced parece que piensa, sino doña Rodríguez, dueña de honor de mi señora la duquesa, y vengo a vuestra merced con una de las tus congojas que vuestra merced suele enderezar.

—Decidme, señora Doña Rodríguez —dijo Don Quijote—, ¿veneris acaso a tratar de algún mandado de celestinaje? Porque os hago saber que yo no soy hábil para recado de nadie, merced a la sin par hermosura de mi señora Dulcinea del Toboso. En fin, señora Doña Rodríguez, si dejáis y apartáis a un lado todos los recados de amor, podéis ir a encender vuestra candela y a volver, y trataremos cuantos mandados me queráis dar y de todo lo que gustáredes, salvas, como digo, todas las blandas admoniciones.

—Yo no llevo recados de nadie, señor —dijo la dueña—; poco me conocéis. ¡Tate!, que no estoy yo tan adelante en los años que me dé a semejantes niñerías; ¡alaben a Dios, que aún tengo alma en el cuerpo y todos los dientes y muelas en la boca, a trueque de uno o dos que me han despojado los catarros, tan ordinarios en esta tierra de Aragón! Pero aguardad un poco, en tanto que voy a encender mi candela, y volveré luego y os contaré mis cuitas como a quien consuela las de todo el mundo; y, sin esperar respuesta, salió de la estancia y dejó a don Quijote sospesando y meditando mientras la aguardaba. Mil pensamientos le vinieron de golpe acerca de esta nueva aventura, y parecióle que había hecho mal y aconsejádose peor en ponerse en peligro

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