vida, pues no podía dejar de ser peregrina y gustosa, a juzgar por las señas que dél había dado al venir en compañía de Zoraida. A lo que el cautivo respondió que él pondría de su parte muy de buena gana lo que se le pedía, solo temía que el cuento no les había de dar tanto gusto como él deseaba; pero que, por no faltar a lo que se le mandaba, lo diría. El cura y los demás se lo agradecieron y se lo tornaron a rogar; y él, viéndose tan porfiado de tantos, dijo que no eran menester ruegos donde mandaba tanta autoridad, y añadió: —Si vuestras mercedes me dan un poco de atención, oirán un verdadero cuento, a quien quizás no lleguen los mentirosos, que con curioso y artificioso estudio suelen componerse. Con estas palabras hizo que todos se acomodasen y guardasen un profundo silencio; y él, viendo que ya callaban y esperaban lo que decir quería, con voz agradable y reposada comenzó a decir así:
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Capítulo XXXVIII
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